Al final de la 1ª parte de la crónica, nos quedamos con el doble objetivo que buscaba durante el fin de semana. El más importante, disfrutar en una ciudad tan impresionante como es Barcelona, reencontrarme con los buenos amigos y  el menos importante, enfrentarme a mi reto.

 

El sábado, en la feria del corredor te das cuenta de lo inmenso que puede llegar a ser este mundo del atletismo popular, de las innumerables historias de esfuerzo y superación que nos acompañan a cada uno de nosotros. Desde los atletas africanos (no tan populares), que vienen casi obligados a ganar, a las personas en sillas de ruedas, pasando por otras miles de personas, que disimulamos nuestro respeto y miedo a lo que vamos a afrontar, con sonrisas, bromas y gestos que aparentan la tranqulidad que, en realidad, no tenemos. Junto a cada uno de nosotros, miles de familiares y amigos, más nerviosos, si cabe, con el temor escondido a lo que pueda suceder mañana.

      La comida de mediodía, abundante en hidratos, por supuesto, y los brindis por el kilómetro 32, por el 36 o por la línea de meta, te hacen ver en tu mente a ese monstruo enorme, al que una camiseta sin mangas, un pantalón corto, unas zapatlllas en las que confías como en ti mismo, y un reloj (eso sí, casi galáctico) y grandes dosis de ilusión te enfrentas. Las armas son m uy desiguales obviamente y sin embargo, sabes que pase lo que pase no piensas rendirte.

     El resto de la tarde, la cena, poner correctamente el dorsal en la camiseta (¡Dios, qué difícil y qué obsesión!)  y el no pegar ojo van en el lote, es prácticamente una parte más de un ritual casi universal para todos los que nos ponemos en la línea de salida.

     Hasta ella me acompañó mi primo Ramón, novel en este mundo del atletismo y que tuvo una actuación sobresaliente cum laudem en la labor de apoyo logístico de todo tipo. Mientras íbamos en el coche camino de la salida, y él se aferraba en una charla cordial, mi mente ya no estaba allí, sino que por su cuenta había empezado a hacer camino. Antes de entrar en los cajones de salida, tuve la suerte de de saludar, charlar y tranquilizarme con las bromas de mi maestro, Luis y de Orencio.

     Nos deseamos suerte y ya dentro del cajón, como si eso importase me vi a mí mismo intentando tratando de ganar dos metros, obviando que los 42195 metros nos iban a colocar a cada uno exactamente en nuestro lugar. Supongo que los nervios pueden más que uno mismo en ese momento ya que también me vi a mi mismo, tratando de concentrarme, estirar, disfrutar con la gente, aplaudir, autochequearme, pensar, no hacerlo...traté de hacer tantas cosas a la vez que el pistoletazo de salida me pillo despistado.

     Sin darme cuenta, arrastrado por una marea humana de 13000 personas me puse en marcha. Sorprendentemente, la salida no se hizo pesada ni perdí mucho tiempo, salvo algunos golpes inevitables entre tanto barullo. Había decidido correr dejándome llevar por mis sensaciones y fueron estas las que acabaron por marcarme que el ritmo de tres horas era el adecuado e incluso, cómodo. Si fue ese ritmo tan alto el causante de mis problemas posteriores no lo sé, pero sinceramente no me lo voy a plantear. Disfruté tantísimo de los primeros 28 km. donde pude sentir que el asfalto de las grandes avenidas por las que discurríamos y mis zapatillas marcaban un mismo compás. Parecía como si formasen parte de un mismo todo y el discurrir de los metros, de las zancadas y de los minutos fuesen uno solo. Esa sensación tan placentera estuvo acompañada por los continuos gritos de un público totalmente entregado, que no paró durante toda la carrera de aplaudir, de animar, de gritar el nombre de cada uno de los atletas y sin duda, unos gritos de ánimo que en los últimos kilómetros se convirtieron en una bendición. Estas buenas sensaciones se convirtieron en alas que me hicieron volar durante dos tercios de la carrera.

     No obstante, no soy tan novato ni tan iluso como para que no esperase que todo este bienestar no me iba a acompañar siempre. Sabía que tarde o temprano llegarían los malos momentos y efectivamente, llegaron. No alargaré la lista de causas, pero seguramente no ayudo mucho la descomposición estomacal que traté de aguantar desde el paso por la media, el dolor de mi rodilla maltrecha, la humedad y sobre todo, el cansancio muscular me cercaron súbitamente. Pasé momentos difíciles, muy difíciles, que me recordaron los motivos por los que soy un enamorado de este deporte. Sin duda alguna, recordando alguno de esos momentos, no paro de pensar como pude sostener durante al menos 10 km. las infinitas ganas de detenerme, de andar que se asomaron a mi mente. En mi lucha por no caer en la rendición, escuchaba a mi mente, pedirme, ordenarme e incluso, rogarme que le diese un respiro, un minuto, un trago de agua, o al menos, un paso. No sucumbir a esas tentaciones es una cuestión inexplicable. En alguno de esos kilómetros, vi a mi primo junto a mí rodando con la bicicleta, y aunque hubiese dado cualquier cosa por un poco de agua y él, llevaba su bidón, no era capaz de hablar, no pude pedírsela y sin embargo, seguía corriendo. Ahora cuando lo pienso, echando la vista atrás, yo mismo me sorprendo de lo que acabo de contar. ¿Es de gente con la cabeza bien amueblada seguir corriendo mientras ni siquiera tienes aliento para pedir agua? Seguro, que muchos de los que leéis esta entrada, envenenados como yo por estos retos, no me juzgáis mal por semejantes locuras.

     De aquí hasta el final, sólo podría contar penas, agonía, sufrimiento, calambres, dolor de estómago, deshidratación, falta de energía y cuantas otras palabras que denoten esfuerzo aparezcan en nuestro diccionario. No estoy dispuesto a acumularlas en mi relato, así que sólo decir que lamento no haber podido celebrar demasiado mi llegada a meta, ni saludar convenientemente a todos esos niños que me ofrecieron su mano en los últimos kilómetros, ni dedicar una amplia sonrisa a Isa, Ana, Nuria, Aurora y demás acompañantes que aplaudían y gritaban sin parar cuando me vieron enfilar los 195 metros finales.

     Tres días después, quedan muchas felicitaciones, - unas más sinceras que otras -, y la sensación de que en la bajada a los infiernos que anunciaba en la primera parte de esta crónica, encontré mucho de lo que había perdido desde hacía mucho tiempo. Como decía el otro día Luis, el que quiera saber qué se busca y qué se encuentra en uno de estos retos, sólo tiene que calzarse las zapatillas y probarlo. Para los que no os gusta este deporte, no os sintáis mal, la vida nos ofrece cada día la oportunidad de afrontar verdaderas maratones, y que dentro de cada uno de nosotros/as seremos capaces de encontrar la respuesta y saber de dónde se sacan las fuerzas para superar todo lo que se nos presenta.

     No olvido de ninguna manera, felicitar a mi compañero Roberto, ¡qué carrerón se marcó! y por supuesto, ir anunciando que por mi mente bullen nuevas locuras: 20 de noviembre, Valencia o 27 del mismo mes en Florencia puede estar el siguiente capítulo de esta, mi pequeña historia. 

 

         

Ah, y que no se me olvide. Conseguí mi mejor tiempo personal: 3 horas 11 minutos y 31 segundos.