Aquí os presento a Isa: la protagonista de la historia

Acostumbrados como estamos a ser siempre protagonistas de las historias que contamos en nuestros pequeños diarios, es bueno, a veces, dar un paso al lado y ser simplemente un colaborador y un testigo privilegiado de algunas hazañas que pasan por nuestros blogs.

Así nos presentamos Isa y yo mismo en el trail cabo de gata, aproximadamente unos 28 kilómetros dándole a la pata, un tiempo estimado de unas 5 horas y unas previsiones meteorológicas de un 75% de ponernos como una sopa. Pero, nada, ni estos detalles insignificantes, ni el madrugón, levantarse a las 6 de la mañana un domingo no es demasiado grato, consiguieron ensombrecer nuestro ánimo.

Si he de ser sincero dudaba de si Isa sería capaz de afrontar la distancia, acostumbrada como está a pasear a buen ritmo unas dos horitas, pasar a cinco podía ser demasiado para cualquiera, y aún era peor si añadimos el handicap de su pequeño problemilla de salud de la semana anterior. Me había pasado toda la semana bromeando con ella, diciéndole que quizá tuviese que termimar recogida por el coche escoba, allí sentadita tan a gusto. 

No obstante, desde el sábado la notaba ansiosa, temiendo que la lluvia no la dejase afrontar su reto, y casi la sentí aliviada cuando al levantar la persiana el domingo le dije que no llovía, que teníamos vía libre para plantarnos en Rodalquilar.

Desde esa casi abandonada población se daba la salida, previo paso por San José para dejar el coche y montarnos en el bus que nos llevó al punto de partida. Mucha alegría me dio ver tanta cara conocida entre el grupo de senderistas, casi todos compañeros/as de Isabel que tienen por costumbre hacer grandes caminatas, pero ya se sabe que las penas con pan son menores, y así un rato de agradable conversación, buena compañía y mejores vistas junto a aire puro eran el mejor punto de partida que la aventura podía tener. 

Isa en animada charla con el reciente abuelo primerizo: Enhorabuena, Antonio.

 

Los primeros kilómetros del sendero son bastante pestosos, con continuas subidas y bajadas y un firme bastante irregular que te hace perder el equilibrio en más de una ocasión, pero una vez superados esos primeros cinco kilómetros, sólo se pueden hablar maravillas del recorrido, de los puestos de avituallamiento, de la atención de los organizadores y por supuesto, de los paisajes que nos rodearon a lo largo del extenso camino. Desde el inicio pude comprobar como Isa disfrutaba de la caminata, de la compañía e incluso le parecía de lo más gracioso el tema de los puestos de comida y bebida allí en medio del campo. Con curiosidad se acercaba a ver que le ofrecían aunque he de decir que le salió bien barata a la organización porque no degustó ni una barrita, ni un pastelito, ni siquiera una frutilla. Como mucho alguna botella de agua, pero en definitiva, se alimento de la vista más que de otra cosa. Al contrario que yo mismo, que sumido en la tranquilidad de no ir apurado por el reloj, por el kilómetro anterior o por las sensaciones de cansancio de las carreras me dediqué a degustar con tranquilidad los productos que nos ofrecían.

 ¿Cuándo me toca coger algo, tragones?

He de confesar, no obstante, que en el momento en que empezaron a superarnos corredores, me costaba no correr detrás de ellos, como una especie de deformación profesional que me obligaba a correr con todos y cada uno de ellos. Caras conocidas como la de Antonio y Enrique, luchando por los primeros puestos, y otras como dos generaciones Mullor (padre e hijo) y Juan, que mérito tienen todos (en especial Mullor padre, que es mi favorito), o Paco, un alumno, amigo y compañero de este mundo de las carreras de montaña que andaba a la mitad de pelotón y con cara de poder hacer algo más. A todos ellos les aplaudí y tamnbién a muchos otros hasta tal punto que Isa me dijo si me había contratado la organización como animador oficial.

Paco Mullor (padre); un ejemplo para los corredores más jóvenes

Muchas conversaciones que quedan en el camino hasta los últimos kilómetros, y me detengo en ellos porque fue justamente ahí donde lo pasamos peor. Una uña del pie de Isa decidió que ya había aguantado bastante sin molestar y que quería que supiesemos que estaba allí. En unos pocos minutos Isa se dio cuenta de lo duro que se hace afrontar una distancia larga, de los inconvenientes que te pueden surgir en el camino y que el más mínimo detalle puede arruinarte las buenas sensaciones que has tenido durante todo el recorrido. Sin quejarse, hizo de tripas corazón y aguantó el tirón, hasta llegar a meta, con una sonrisa de oreja a oreja que no era más que la señal inequivoca de que lo había conseguido, que nos había demostrado y sobre todo, se había demostrado a sí misma de lo que es capaz si se lo propone. Por supuesto, fui el primero en felicitarla pero no quise decirle muchas cosas porque estas grandes victorias se disfrutan mucho más si uno la saborea y se deleita tranquilamente mientras se da una ducha, y viene a nuestra mente al afrontar alguna situación difícil en el futuro. Esos momentos en los que se sentía como una auténtica campeona, capaz de superar cualquier reto, son sólo suyos y nadie debe intentar quitárselos, ni siquiera yo, el principal instigador y propulsor de la idea me siento con autoridad para entrar ahora revolviendo nada. Eso sí, ya le ando buscando otro reto, como este o superior, empeñado como estoy en que comprenda que mi afición a las largas distancias es una forma de vida y una necesidad vital mucho más que ganas de destacar entre los demás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 ¡Ya veo la meta! Ja,ja,ja...

Aquí estoy entrando en meta: ¡mirad qué pose! ¡Cómo si no hubiese hecho nada!

 Un beso y un saludo a todos/as